sábado, 23 de abril de 2011

El poder de la sangre de Jesús

Francisco Aular

Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Juan 1:7

Una madre campesina con su niño de nueve años, que apenas puede caminar, llegan al Servicio de Emergencia del Hospital de Niños J.M. de los Ríos, en Caracas. El viaje ha sido largo y pesado, pues vienen de un pueblito llamado Marincito, cerca de San Felipe en el estado Yaracuy.
"Señora" -le dice el médico a la buena mujer que llora desconsoladamente-, "no le oculto la verdad: el muchacho está sumamente grave, pero aquí haremos todo lo posible por salvarle la vida. Sin embargo, usted tiene que conseguirme ahora mismo un donante de sangre para el niño, preferiblemente un familiar que esté sano".
En aquel atardecer lluvioso del mes de mayo de 1955, la mujer salió a toda prisa en busca de un pariente cercano de aquel niño moribundo. Mas regresa, ya de noche, con la mala nueva al médico tratante: "No he conseguido sangre doctor"… Mientras tanto el niño siente que sus fuerzas se le están marchando, y en eso oye la voz resuelta del joven galeno: "¡Señora el niño tiene mi mismo tipo de sangre!"
Acostados en sendas camillas, por un lado el muchacho enfermo, y por otro, un hombre fuerte con su brazo desnudo y extendido hacia el niño; se hace la transfusión. Durante el tiempo que la sangre corre gota a gota de un brazo a otro, una enfermera solícita, vigila  para que todo el proceso no tenga contratiempos, ella da palabras de aliento y esperanza tanto al enfermo como al providencial donante. Una vez más, la vida en la sangre había ahuyentado a la muerte…
Más de cincuenta años han transcurrido desde aquella historia, pero aún el pulso me tiembla y el corazón se me acelera mientras exclamo con todas mis fuerzas: ¡Bendito seas médico anónimo, porque aquel niño era yo!


Oración:
Amado JESÚS, la sangre que derramaste a mi favor en el Calvario se hace poderosa en mí después de mi segundo nacimiento. No hay manera de agradecerte el hecho de que no sólo me diste una vida biológica, y me la has cuidado en tantas formas aquí en la tierra, sino también, me has dado la Vida eterna en Ti para colocarme en el cielo. ¡Por todo esto hoy proclamo que hay poder en tu sangre preciosa y que los brazos de la cruz están abiertos para todo pecador! Me postro delante de Ti y la victoria del Calvario, porque no fuiste allí para ser derrotado, sino para triunfar. ¡Tú eres en mí, la esperanza de gloria! Amén.


Perla de hoy:
La cruz de JESÚS, y su sangre vertida a nuestro favor, así como hasta los pequeños detalles de nuestra vida, son la evidencia suprema del amor de Dios.


Interacción:
¿Qué te dice Dios hoy por medio de su Palabra?
Y en respuesta a ello…
¿Qué le dices tú a Él?

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